miércoles, 21 de diciembre de 2016

- Papá, dijo la voz.


-         Papá, dijo la voz.

Luego escuchó una interferencia, era como si se hubiera introducido algo extraño en la línea y agudizó el oído. Dudó si había oído bien. Su pensamiento iba de la preocupación a la espera y volvía a la preocupación. Iba a decir algo, pero un susurro que se parecía a voz masculina y que surgió abriéndose camino entre las descargas e interferencias lo paralizó.
-          Papá, oyó otra vez.
Ahora estaba seguro que era su hija. Sin embargo enseguida, cuando estaba por responder, el ruido de fondo, algo que se parecía a un revoltijo de música y palabras sueltas, lo hizo callar y escuchar, se preguntó si las palabras correspondían a la canción, o eran de personas que estaban al lado de su hija. Dijo algo, pero la estática le hizo alejar el teléfono y cuando volvió a colocar el auricular en el oído, un silencio pesado e inmóvil lo sobrecogió. Sería un error. Su hija no lo había llamado. Sin embargo, era su voz, o creía que lo era. Miró la hora. No se había dado cuenta que seguía con el teléfono en el oído. Escuchó que algo se doblaba, ¿papeles? Alguien hablaba muy bajo, esperó.
-         Hola, dijo la voz de una chica, pero esta vez estaba preparado y se dio cuenta que no era la voz de su hija.
-         ¿Sí?, hizo la pregunta intentando mostrar tranquilidad.

No quería conversar con nadie. No quería que le estuviera pasando lo que le estaba pasando. No podía colgar. Sentía una angustia que le había endurecido el estómago y subía por el pecho. No quería comprobar que su hija todavía no había llegado. Del otro lado de la línea esperaban, le pareció escuchar un suspiro, fue como si se soltara un alivio y éste recorriera raudo la línea e intentara que del otro lado –él-, comprendiera. Se dio cuenta que actuaba en forma rara, que tantas historias que le habían contado los compañeros de la oficina, manejaban esta conversación. Tenía ganas de gritar y a la vez de correr. Miró la hora, todavía no eran las seis. Buscó, hurgó y miró entre los recuerdos de esperas un dato. Algo tenía que ver con el llamado, con la hora a la que habitualmente ella llegaba. La carcajada lo sobresaltó y se le cayó el teléfono. Desesperado, con las manos sudadas y de rodillas, volvió a ponerse el auricular y dijo “¿Hola?”. La línea estaba muerta. Ni siquiera por más que le dio un golpecito a la tecla de corte había tono. No podía pensar. El pasillo cuando se encaminó a la pieza de su hija pareció tragarlo.


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