viernes, 12 de septiembre de 2014

TOMAR LA CURVA

Esa era la libertad. Tomar la curva. Que el coche pareciera andar sobre dos ruedas. Que la fuerza centrífuga nos escupiera hacia afuera. Vos, yo, y el coche lanzados. Esos momentos llenaban la vida de felicidad.

El señor dijo a la cámara de televisión: “De acá no vamos a irnos hasta que no se investigue a fondo y aparezca el culpable.”
El guardrail de la autopista nos acompañaba, se sumaba a nuestra euforia. Cuando el coche salió de aquella curva y tomó la recta, te pregunté que querías hacer, adónde querías que fuéramos. Mirabas al frente. El sol ya había salido y los dorados reflejos de tus cabellos festejaban. Dijiste algo. Era una palabra extraña que parecía tener música propia, luego giraste un poco el torso y me miraste. Fue en ese momento que sonreíste. En tu mirada de agua había amor.
Entramos en la huella marcada del asfalto y el Fiat pareció sisear un poco. Prendiste la radio. Mariana había dejado sintonizada  la 102.3, escuchamos un poco de la música que pasaban. Mientras viajábamos hacia el oeste por la autopista, pensé que todos estarían ya en la oficina. El sol rebotó en el espejo retrovisor y me cegó. Un coche azul pasó a nuestro lado.
La señora había dicho que el patrullero no se detuvo. La mujer ya estaba herida y el policía siguió de largo. Hablaba indignada. La gente que se había acercado miraba hacia la cámara.

El velocímetro marcó ciento veinte. Contagiado por el sol que estaba saliendo aceleré, el nuevo tramo que era casi recto daba valor. Te pregunté que habías dicho, pero balbuceaste otra cosa. Estabas linda, el cabello rubio caía por  encima de tus hombros, y eso que lo habías cortado hacía muy poco. Cómo me queda preguntaste con picardía cuando volviste de cortártelo. Yo, que estaba leyendo una biografía de Cortázar para el taller de los viernes, cuando te miré, se me ocurrió que siempre te querría.
La imagen de la chica en la fotografía con el buzo violeta y,  el pelo atado en una cola mientras sonreía apareció como una propaganda  al costado de la ruta. Treinta años, pensó.
Mariana había cocinado pastel de carne, y él tuvo que repetir. Le salía tan rico.
Por hacer algo subió el volumen de la radio. El micro de noticias interrumpió la música. Anunciaban vientos con fuertes ráfagas y temperaturas muy bajas para mañana. El tránsito en los accesos a la capital era lento. En General Paz a la altura de Constituyentes había un accidente. La línea A de subterráneos operaba con demoras. Lo de siempre, dijiste.
Una idea cobró forma en su mente. Cuando salió, Mariana dormía. No había querido despertarla. Después te llamo, decía la nota que le había dejado debajo del mate.
Por fin otra curva. ¡Esta era mejor que la otra! Sintió la velocidad que traía apenas entrar en ella, volvió a acelerar y las ruedas chirriaron. Pudo ver que el guardrail tenía algunas marcas de pintura y distintas abolladuras. La intimidad con los detalles del acero, y los postes de la luz que parecían pestañear en el paisaje, lo hicieron creer en un presagio. Se distrajo.
Recordó aquella palabra que ella había casi arrojado al interior del auto, es que parecía tener vida propia y se movía recorriendo su mente. Era como la música. Al final, decidimos ir a algún pueblo cualquiera. Llegar, recorrerlo, caminar. Era temprano, teníamos todo el día por delante.
El viento no dejó de soplar en toda la noche, y todavía soplaba. Cuando había abierto  la puerta para  que entrara el perro, pudo sentir algo diferente en el aire. El colgante que Mariana había comprado, sonaba y sonaba con las ráfagas del viento. Una melodía disonante le llegaba despareja al cerebro. Dentro de la casa, el aire frío circulaba a su antojo. Molestaba. No había forma de protegerse de aquellas gélidas caricias.
Claudia Burgos. Así se llamaba la mujer. “La bala perdida, no correspondía a los delincuentes”, decía el titular de Crónica TV.
El día estaba hermoso. Mirar el horizonte verde y amplio le producía algo en el pecho. Era como tomar una curva. Cierta algarabía de chico con un juguete nuevo lo invadió. Bajó el vidrio un poco para calmar una necesidad que el cuerpo le estaba exigiendo. El viento entró furioso y dispersó por el interior del auto el sonido de la radio, los papeles que estaban en la luneta se agitaron y vibraron en su lugar unos momentos hasta que volvió a subir el vidrio. Antes aspiró profundamente. Luego, sonrió.
“Queremos saber. Exigimos conocer de dónde, de qué arma salió la bala que mató a esa mujer”, eso decía el hombre a la cámara de televisión.
El celular cobró vida de pronto. Era Mariana. Él miró la pantalla, no quería atenderla y no atendió. El prip final le avisaba que le había dejado un mensaje de voz. Alzó el celular y a la vez miró la ruta. El cartel decía que faltaban veinte kilómetros todavía. Venía una curva, así que dejó el aparato y agarró el volante con ambas manos. Cuando advirtió que apretaba el volante y las mandíbulas con demasiada energía, decidió parar en la próxima estación de servicio.
Algunos curiosos parecían no entender de qué se trataba la aglomeración de gente y la presencia de las cámaras de televisión. Otros asentían con el gesto ceñudo acompañando los reclamos de una señora que hablaba casi a los gritos.
En la casa Mariana que había terminado de hacer la cama desayunaba con la televisión encendida. Siempre le pasaba que cuando Roberto salía sin despedirse, ella andaba un poco perdida. Además, no había atendido el celular. Anoche, todo estaba normal o ella había dicho algo que lo podía haber molestado. Pensó. Había cocinado el pastel de carne que le gustaba. Hablaron de los chicos. Le había dicho que su madre lo había llamado. Ella estaba bien. El reuma, la plata que no alcanza para nada, los días que se le hacían tan largos viviendo sola. Lo de siempre, nada de importancia le había dicho. Sería eso lo que lo había molestado. La forma. Roberto siempre hacía hincapié en la forma. En la importancia con que uno decía o no decía las cosas.
En la televisión, el canal 11 hablaba de la muerte de aquella mujer en la calle. Cambió al 12. También acá el periodista entrevistaba a un señor de saco y corbata, no alcanzaba a leer los subtítulos. Subió el volumen.
Mariana se puso los lentes para leer.  Al rato, aburrida de esperar, salió al patio. La jaula con los pájaros contra la medianera se venía abajo. Le iba a decir a Roberto cuando hablara con él que hiciera algo con eso. El perro había roto un par de macetas. Estaba harta. Iba a ser un día lindo. Volvió adentro de la casa con la idea de decirle a Sara que se encontraran en el shopping.

Estacionó al lado del coche azul que lo había rebasado. Era un Mercedes. Ella dormía. Antes de ir al baño pensó en pedir el cortado para que se lo vayan preparando. La chica que lo atendió le sugirió que por diez pesos más  podía pedir un tostado de jamón y queso. Dijo que bueno. Pagó. No entendía como eran estas promociones. Le costó orinar. El frío. Cuando Mariana le había preguntado si tenía problemas para orinar, se enojó. Encima,  agregó que a su edad era conveniente que se hiciera analizar la próstata. Le había gritado que qué se creía. ¡Que él era un viejo! Al subirse el cierre del pantalón la sensación de ganas de orinar no se había ido.
Una bala perdida había matado a Claudia Burgos en la puerta de un negocio de Morón.
Volvió a la ruta. No había nada tan maravilloso como sobrepasar a un coche cuando iba a mucha velocidad. Algo químico le ocurría a su cuerpo, eso pensaba Roberto. En esos momentos su mente poseída se creía invencible. Pero no debía ser un coche común o uno tuneado, la satisfacción provenía de vencer en la ruta a un cero kilómetro, y si además el coche era japonés o alemán tanto mejor. El Mercedes de la estación de servicio iba aumentando de tamaño en el espejo. Se acercaba.
Mariana lo tenía podrido con las recomendaciones. Salir juntos a la ruta era cada vez más difícil. El miedo y los nervios, o una mezcla de ellos la trastornaban y no podía dejar de darle consejos mientras manejaba. En algún caso llegaba a gritarle. Él la observaba por el rabillo del ojo, la veía tensa, la frente casi pegada al vidrio y en dirección a la ruta. No dormía nunca, y tampoco leía para distraerse.
Llevaba el Fiat por la mano rápida de la autopista de dos carriles. Quería ver que hacía el Mercedes. No iba a mover el coche de carril. Buscó un caramelo, cuando volvió a mirar por el espejo, el Mercedes apareció pegado al suyo y le hacía ansiosas señas de luces. Fue como si le tocaran el culo.
Íbamos con la radio a todo volumen y los vidrios abiertos, la avenida Rivadavia estaba vacía y hecha pedazos, el coche brincaba cada tanto como un caballo. El tren delantero iba a quedar destruido, no tenía plata para arreglarlo, tampoco le importó. Hacía bastante calor, volaban, tuvo ganas de gritar y gritó. Estabas callada, no obstante parecías contenta. No dije nada, el rodeo por debajo de la General Paz al entrar a la Capital nos mantuvo expectantes, cuando retomamos la Avenida hice caracolear el coche para despabilarte. El policía que estaba pasando el semáforo de Puan llegó a levantar la mano, sin embargo seguí de largo.
El Mercedes se abrió a la derecha y se puso a la par, vio que la ventanilla polarizada bajaba lentamente y un muchacho de unos veinte años lo miraba con suficiencia. Ni siquiera abrió la boca, el odio caía de sus ojos con superioridad.
Antes que dijeras nada habíamos pasado dos semáforos en rojo. Pará, pará!, gritaste. Yo me reía. Busqué una calle lateral tranquila y estacioné. Te me echaste encima. Creí que quizás me golpearías o insultarías para canalizar el susto, sin embargo, me abrazaste y besaste. Reí de alegría. Éramos parte de una locura.
El motor del Fiat rugía por la exigencia. Cuando las revoluciones llegaron a casi cinco mil, la carrocería comenzó a vibrar. El coche azul no obstante seguía alejándose y, parecía que nada podría hacer para evitarlo.
Metiste tu lengua gruesa, inquieta y generosa en mi boca. Después, te apartaste un poco y cuando me miraste otra vez, tus ojos brillaban. El miedo se había transformado en adrenalina. La adrenalina se había transformado en deseo. El deseo nos llevó a un hotel en el que por horas estuvimos haciendo el amor. Era muy tarde cuando salimos por última vez a la Avenida.
La estación de peaje que estaba antes de Luján nos reunió otra vez. El Mercedes se había estacionado antes de cruzarlo. Lo ignoré sabiendo que, esta vez, me seguiría.
Nos despedimos bajo las luces de mercurio. Cruzaste sin volver a mirarme y tuviste que correr un poco porque el semáforo había liberado los coches. El tren pasaba a mi derecha y alborotó con su andar los sonidos habituales de la hora. Te detuviste unos momentos en la vereda del Coto  y agitaste tu mano. Esa fue si se quiere, la última vez que sentí tu afecto.
Ya no volvimos a amarnos.
Había tres o cuatro carriles luego del peaje. La radio decía algo sobre la chica muerta. Por alguna razón que hoy no puedo explicar estaba emocionado. Quizás fuera el paisaje que reconocía en nuestras salidas, quizás la noche sin dormir, o lo que había estado soñando. La imagen de la ruta se distorsionaba por el agua que salía de los lagrimales. El coche azul se puso a la par, esta vez del lado izquierdo. Lo adelantó y lo desaceleró. Hizo esto un par de veces. Me desafiaba. El próximo puente ya se veía un par de kilómetros adelante. Esa era la largada. Sin embargo el coche iba tomando la curva amplia que iba a Campana.
El celular sonó. Era Mariana. Me decía que al mediodía iba a almorzar con una amiga. Que luego haría unas compras. Me preguntó donde estaba. Mentí.
La cantidad de carteles había llamado mi atención, sin embargo, hoy, todavía no logro explicarme claramente lo ocurrido. Siempre me había gustado esta ruta por lo amplia, por la sensación de libertad que surgía al manejar en ella. El pavimento estaba roto en varias partes. Se veía que lo estaban arreglando. Era temprano y muy pocos autos andaban. Comenzaron a aparecer en cantidad tambores pintados de blanco y naranja que nos hacían desviar. Enfrente, de la mano de la autopista que iba a Cañuelas no veía pasar a nadie. Vi como el Mercedes se perdía detrás de la loma al frente, que era larga y alta. Me llamó la atención que fuera por la derecha. Aún faltaban muchos metros para alcanzarla.

Pude acordarme por fin de esa palabra. Era musical. Lejaim dijiste aquella vez y luego, muchas veces más.  Se notaba que representaba mucho para vos. La decías con alegría pero también como si el solo hecho de pronunciarla fuera algo especial. Miré como dormías a mi lado. El cinturón de seguridad cruzaba al medio de tus pechos y tu cuerpo se había deslizado en el asiento. Las piernas juntas se doblaban a la derecha y la cabeza dorada se movía tontamente en las curvas apoyaba en el vidrio de tu puerta. Toqué tu hombro y lo sentí blando y querible. Todavía parecía posible sentirte así.
El camión blanco apareció en la parte superior de aquella loma. No sé porqué, pero alguna razón había que no llegaba a comprender,  te miré dormir y luego volví al camión que venía de frente. Algo en aquello que estaba ocurriendo no parecía lógico. Íbamos con el Fiat pegado al guardrail central de la autopista. Por unos momentos pensé qué haría el camión de este lado, cuando debería estar en el otro. Miré por el espejo retrovisor, detrás tampoco venían coches. El camión encima de la cresta de la loma era imponente. Lo vi hacer señales de luces y un sonido lejano que luego comprendí era la bocina, no lograba penetrar la comprensión de mis pensamientos. Por prudencia, bajé la velocidad aunque no fue suficiente. Cuando el camión nos alcanzó de lado al intentar esquivarnos, el velocímetro todavía marcaba casi cien kilómetros por hora.

El lado del acompañante donde ibas se abolló. El impacto te trajo muy cerca de mí. Dormías. Pude escuchar claramente la bocina que seguía sonando al día siguiente en mi cabeza y ver la cara de espanto del camionero. Vos dormías. El hombre abría la boca, gesticulaba y los manotazos de sus manos parecían las de un loco. No podía moverme. Estabas tan cerca de mí, apretada a mí, que me impedías tomar el volante con naturalidad. Dormías y no quería despertarte. El coche se había levantado en el aire y, la vida era linda. Era como volver a tomar la curva a más de cien y hacer chirriar las gomas en el asfalto. Fue la primera vez que sentí miedo de despertarte. Aún dormías. Dormías cuando nos despedimos. Dormías cuando agitabas tu mano en la vereda del Coto y dormías cuando el camión nos chocó. También dormías cuando la bala perdida te había dado en el pecho, y cuando el coche luego de andar unos cuántos metros golpeando el guardrail se levantó en el aire y cayó con las ruedas hacia arriba. Dormías cuando me sacaron del auto y apagaron la radio que habías dejado encendida. Y también dormías cuando Mariana me llamó por teléfono para decirme que iba al shopping y que tenía que hacer algo con la jaula de los pájaros. La vida es lo que es, vivir a veces es una velocidad de ciento veinte, un coche en la ruta, el amor de una lengua que se mete en tu boca, una curva. Porque vos no dormías, vos vivías abrazada a mi entusiasmo para poder amarte y tomar la curva. La palabra aquella que soltaste ese día de loca felicidad anda con vida propia recorriendo mis horas, y también, algunas veces se mete en mis sueños. La palabra aquella que pronunciaste en dos o en tres ocasiones y que te hacía brillar los ojos de agua flota, como flotamos en aquella autopista por un instante, como flota un globo en el aire, frágil, alegre, inconsciente.