miércoles, 6 de julio de 2016

EL TREN PASA


Buscaba las vías esa mañana. Las buscaba como seleccionando donde. Las buscaba pensando en cuando. No había nubes ese día y las chicharras del paso a nivel sonaban y sonaban y no dejaron de sonar en toda la mañana. Me acuerdo porque uno se acostumbra más al ruido de la ciudad que al silencio, y puede descubrir los ruidos que son ajenos al ruido habitual. Me acuerdo porque no era el sonido de las chicharras lo que me molestaba, no el sonido en sí, sino que lo que modificaba el ruido habitual era la continuidad del sonido de la chicharra que iba dejando su cadencia para irse transformando en un grito, era como un alarido de animal herido. Aunque sea difícil de explicarlo había algo más en la persistencia de aquel sonido. El caos. Sentí que el caos estaba golpeando a mi mente. Laura se había ido hacía dos meses y su ausencia todavía escalaba el dolor. Me preguntaba cuando podría yo sentir que remitía, sin saber que eso, seguiría por más de un año acechándome, y que aún pasado ese tiempo, no es que me olvidaría o ya no me dolería, sino que, habría algo parecido a una transformación, una mutación, el dolor no sería dolor, sería un recuerdo doloroso.
El tren pasa todos los días por Flores, y el tiempo no pasa en las fachadas de este lado de las vías. Del otro lado, hacia Rivadavia, es distinto. Del otro lado se abren y cierran negocios. Del otro lado van y vienen los colectivos y las ambulancias, los taxis y la gente. Del otro lado el mundo no para. Del otro lado el tren tampoco para. Miro la hora. No es tarde pero tampoco es tan temprano para ser día de trabajo. Pero que importa la hora, que importa la costumbre de cumplir con ciertos horarios. Tiro el pucho a la cuneta de la calle, veo a una pareja que camina por la vereda de enfrente. La chicharra no deja de sonar. Busco el celular en el bolsito y miro la hora. Algo más de las ocho. Acomodo la correa del bolso para que no lastime al hombro. Ese hombro, está más caído que el otro.

Ricardo se acomoda la camisa que se le ha salido un poco dentro del pantalón y comienza a caminar hacia el paso a nivel. A medida que avanza hacia las vías la chicharra del paso a nivel se hace cada vez más fuerte y Ricardo necesita abrir y cerrar la boca. Boquea. La barrera ha quedado a media altura y permite que los coches puedan pasar. Al ruido de la chicharra se suman los bocinazos. Un Renault 12 de color gris que está detenido, tiene el capó debajo de la barrera. Ricardo avanza al lado de la fila de vehículos que se ha ido formando. La mujer sentada al lado del conductor, parece decirle al marido que ni se le ocurra pasar. El hombre adelanta su cabeza e intenta mirar hacia ambos lados. Hacia la derecha puede ver bastante bien, eso piensa Ricardo que ha llegado al lado del coche, pero a la izquierda no. La vía a la izquierda, hace una curva que se cierra bruscamente y la visión se interrumpe por  el fondo de las casas construidas junto a la vía. La mujer se enoja, y aunque parezca increíble dentro de semejante bochinche, Ricardo la oye y la ve gesticular cuando el tipo adelanta el coche un poco, mientras se inclina sobre el volante. Los bocinazos y la chicharra parecen enloquecer, y hay tanto ruido que, de alguna forma no importa. Hay algo de incomprensible en  el Renault avanzando y a punto de cruzar las vías. Puede la vida valer tan poco, tan nada, y los demás coches insistiendo a bocinazos para que el Renault cruce.  Ricardo se demora en el zigzag metálico para peatones y vuelve a mirar la larga fila de ruidos que late en el paso a nivel. En ese momento el tren pasa.

miércoles, 8 de junio de 2016

AFUERA LA LLUVIA


Antes de salir de la cama tiene un pensamiento de los que él llama luminoso, sin haber abierto los ojos, en la tibieza y suavidad de la cama, apenas consciente, lo deletrea y lo sabe sólido, incuestionable. Contento pone un pie afuera de las sábanas con sigilo, no quiere despertarla.

-¿Y qué vas a hacer allá en una cabaña en la sierra?, le dice ella.
Él sonríe. Un poco lo hace para decir sin decir. Piensa: “como si uno no pudiera estar así, no hacer, solo estar”. Sabe que a ella le molesta pensarlo sin hacer nada, o leyendo, o mirando una película, pero por otro lado la pregunta es bien jodida, y se le ha incrustado en el cerebro de manera amenazante, tiene que responder para liberarse.
-¿Hay que hacer algo?, comenta y enseguida se arrepiente. En realidad el pensamiento se le escapa, sale de él como una provocación, como si el temor que incluso él mismo tiene, porque sería una tontería negarlo, se expresara sin poder  contenerlo.

Bajo el brazo lleva en un revoltijo apretado, la ropa que va a ponerse. Ya en el baño, esa primera meada del día le alivia el cuerpo pero no la mente. El espejo es amplio y alcahuete. No se detiene mucho en esa imagen, no debe. Cuando el dentífrico entra en contacto con su boca, algo de cordura mental llega al cerebro. Mientras se enjuaga, el pensamiento luminoso retorna manso y dulce.

Afuera la lluvia se escucha como un gorgoteo intenso que no parece encontrar la manera adecuada de discurrir. Se encuentra atrincherado al lado de un viejo calefactor que hace años debería haber dejado de funcionar. Sin embargo todavía funciona. Hay ciertas angustias que llevamos clavadas a la espalda. Recuerda que le ocurre a menudo, es como si las cosas cotidianas neutralizaran durante su práctica, las ideas y los deseos. También el dolor.

miércoles, 1 de junio de 2016

SE EXTRAÑAN TUS BESOS


Se extrañan tus besos. El pensamiento me asaltó como un robo mientras iba llegando a la estación de Liniers, y sentí que tanto yo, como el entorno, como el día, cambiaban. De pronto la sangre corría veloz. De pronto tuve que pensar adonde iba y que día era. De pronto mi cuerpo y mi mente reaccionaban a ese pensamiento, a tus labios, a tu boca entreabierta, casi podría asegurar que sentí el sabor y el aliento de aquellos besos. Podría demorarme en ellos, buscar donde sentarme, detenerme, bajar del tren en la próxima estación, abandonar las cosas que tenía por hacer, podía perderme en un café, olvidar el libro que leía, podría haber hecho todo eso y mucho más. Extrañaba tus besos, aquel ingreso a lo imposible, cuando el exterior desaparecía en aquellas habitaciones donde adivinábamos los rincones y medíamos la longitud de nuestros cuerpos. Tu piel en contacto con mi piel. Tu cuerpo esperando. Mis manos avanzando, tocándote. Recordé las luces que meticulosamente apagaba, la música que sonaba, la ropa arrinconada de cualquier manera, los zapatos dispersos. Sentí el abandono lacerante de caer, el abismo amado y ansiado y tantas veces buscado y otras tantas negado. El tren se detuvo. Bajó gente. Subió gente. Un vendedor voceaba su oferta. Un pibe le dio el asiento a una mujer. Me extravié en las cotidianeidades del tren, en su andar, en su falta de ruido ahora que los vagones eran nuevos. Miré hacia afuera, todavía tenía el libro en la mano y el bolso seguía en el piso. Suspiré con pena y dolor, volví a la novela sabiendo y comprendiendo, que iba a seguir extrañándolos.

jueves, 26 de mayo de 2016

UN MUNDO SOÑADO, reseña

Novela, 352 páginas, Salamandra.
distinguida con el Desmond Elliott Prize 2012

Hay libros que no sueltan.
Es decir, libros que no te permiten dejar de leerlos, o si tenés que hacer otra cosa estás deseando volver a ellos para ver como sigue la historia.
Hay libros que tienen la voz de un chico.
Dicen que los chicos no mienten, eso es lo que ocurre, entonces leer una historia narrada desde el punto de vista de un chico, tiene la brutalidad de la verdad lisa y llana.
Hay libros que además cuentan situaciones cotidianas y normales.
Que desprenden una tranquila normalidad que sacude.
Grace McCleen es una joven galesa que escribió un libro que no suelta, que tiene la voz de Judith,  una nena de diez años y que cuenta las cosas que esa nena vive ligada a un mundo, donde la religión es excluyente, donde el Armagedón, es decir el fin del mundo, está a la vuelta de la esquina.
Judith crea “Un mundo soñado” en su habitación. Con trocitos de telas, latas, cartones, alambres, vidrios y lápices de colores, esta chica tan particular y muy sensible, crece, y lo hace rodeada de estrecheces, tanto materiales como afectivas. Pero Judith también tiene esperanza como cualquier chico, que su papá le sonría y haga una caricia, y que también le vaya bien en el trabajo para que deje de angustiarse. Su mundo soñado.

Estructurada en capítulos breves, organizada en V libros (hay un guiño bíblico en ello), los diálogos que Judith sostiene con la maestra, con sus compañeros, con los vecinos y con dios; motorizan la novela. El lenguaje es simple y transparente. Un libro para el asombro, que se disfruta y obliga a reflexionar.

martes, 17 de mayo de 2016

ATILIO ROSSI 1


El fresco de la sombra le produjo placer y el adormecimiento repentino lo invadió como un enjambre de abejas furioso y sorprendido en una tarde de verano. Durante esos momentos, escasos segundos de la vida diurna, Atilio Rossi volvió a ser un chico de pantalones cortos corriendo detrás de una pelota de fútbol en el barrio La falda de su ciudad natal. Jugaba de siete y en algunas ocasiones de nueve. Se le daba bien la búsqueda de la pelota en los centros o las corridas mano a mano con el zaguero que fuera, en algunas ocasiones cruzaba toda el área y sorprendía a los defensores que desorientados un poco por los gritos de atención del arquero perdían preciosos segundos en advertir que Atilio Rossi ya corría con pleno dominio del balón hacia el arco entrando en el área. 
El bocinazo de un taxi que circulaba detrás de un camión de reparto arrancó a Atilio Rossi de la posible conquista en el arco rival, y por unos momentos no supo si patear o tirarse al piso de la bronca. Él había perdido la oportunidad de convertir y ella seguía sin aparecer. Pero se equivocaba Atilio Rossi porque la mujer, sin que él pudiera advertirlo había comenzado a doblar la esquina que había dejado de mirar. Los zapatos negros y sin lustrar, tampoco se había afeitado y el olor a sudor que sentía dentro de la camisa lo acaloró un poco más, maldijo. Fue en ese momento de confusión que la vio venir. 
Habían ganado aquel partido y cuando terminaron, un hombre con saco y corbata, un señor diría su mamá, se le había acercado para preguntarle como se llamaba y donde vivía. Atilio Rossi criado en la crudeza de las calles de tierra de un barrio sencillo de familias tradicionales lo miró y no le contestó. El hombre –señor- dejó caer una sonrisa comprensiva y le deslizó un papelito sin decirle nada, tras lo cual se llevó la mano a un ala invisible de sombrero que a Atilio Rossi le pareció extraño y se fue cuesta abajo, hacia el centro de la ciudad por la calle Sarmiento.

lunes, 9 de mayo de 2016

SEÑALES 1

Pocas veces teníamos la fortuna que alguien viniera de visita a distraernos. Al menos, unos minutos o acaso una hora, y hoy me doy cuenta que tanto Ana María como yo, buscábamos esos momentos para olvidar un poco el tiempo que vivíamos, o el tiempo que le quedaba por vivir a Ana María. Como en la tregua de una batalla que seguiría, relajábamos nuestra mirada, los músculos y el pensamiento. Conversábamos las banalidades que la vida crea cuando se desconoce e ignora cierta fatalidad, tonteábamos, pero no había ironía ni burla en ello, llegábamos a convencernos que quizás esa era la forma más feliz de que los minutos pasaran, claro que cuando esta persona extraña a nuestro dolor se iba, éste resultaba más filoso y dañino, ya que se ponía en evidencia la farsa de la hora anterior, y entonces, el silencio se adueñaba de nuestra boca, y los movimientos se volvían torpes, dejábamos de mirarnos de frente, decíamos que estábamos agotados por la jornada, recordábamos un par de frases y simulábamos que debíamos irnos rápido a descansar, porque el día terminaba y mañana sería otro nuevo, una pequeña guerra distinta pero con ciertas similitudes, que nos encontraría escépticos pero dispuestos, porque durante la noche y la madrugada el inconsciente de cada uno construiría sin prisas y sin pausas, la personalidad necesaria para tal fin. Y así amanecía y nos levantábamos otro día, una vez más, esperando que llegara la próxima visita o que mamá muriera.

jueves, 5 de mayo de 2016

LAS COSAS QUE PERDIMOS EN EL FUEGO

                                                                                                               Mariana Enríquez

Acaba de aparecer el nuevo libro de cuentos de Mariana Enríquez, y quiénes la hemos ido leyendo a lo largo de su trayectoria literaria percibimos en la lectura de sus relatos algo que cuesta definir y que se parece bastante, a esos pensamientos que podemos tener de cuestionable moralidad, y que nos inquieta muchas veces compartir. El morbo en su justa medida.
No resulta sencillo escoger un cuento por sobre otro, decir que este me gustó más, o que aquel resultó un cuento soberbio, y ese otro es  apenas un relleno, sería injusto.
La mecánica de los cuentos de Mariana nos introduce con mucha (demasiada) naturalidad en los hechos cotidianos y las relaciones humanas. En ellas hay cierto agotamiento, cansancio, desidia y disconformidad, y entonces ocurre algo.
Puede ser que aparezca una persona con alguna particularidad en su andar o le falte una parte de su cuerpo, un animal que se comporta de manera extraña, una casa cerrada y tapiada o una ruta poco concurrida, también un objeto que no podemos dejar de observar.
A partir de este momento ese elemento, o persona, o animal, nos irá guiando por la historia a un desenlace que el lector advertirá, se produce primero en su mente, es decir antes que lea la última frase del cuento.

Y acá radica lo mejor de la escritura de Enríquez. Ella logra mantener “incómoda” nuestra lectura, las cosas que cuenta Mariana incomodan, y en esa incomodidad tomamos la decisión de concluir inconscientemente el relato, y nos equivocamos, porque cuando llegamos al final, aquellos pensamientos de cuestionable moralidad y cierto morbo, han ocurrido dentro nuestro, y los relatos concluyen con la misma naturalidad (demasiada) con la que habían iniciado.

Mariana Enríquez
Anagrama, 197 páginas
Cuentos

lunes, 25 de abril de 2016

DEL OTRO LADO


Un hombre en la calle está sentado encima de un carrito de cartonero, y a su lado un perro. El sol brilla sacándole lustre a las cosas. Abro el libro que me acaban de regalar, “Una suerte pequeña”. No sé muy bien porqué pero sonrío. Leo un par de páginas de la novela, y la contratapa, la foto de Claudia Piñeiro es la de sus libros anteriores. “La que es, la que fue, la que había sido alguna vez”, señala la contratapa. Me encuentro a gusto en esta melancolía luminosa que organicé sin proponérmelo.
El hombre del carro se recuesta sobre los plásticos y los cartones que ha juntado. El sol parece esforzarse por encandilar cada rincón de la calle. La gente que pasa alrededor del carro no lo mira, el hombre parece sentir una alegría casi infantil, y se lo ve retozar entre los cartones que recogió mientras acaricia al perro.
Aunque el tiempo modera las aristas del pasado, hay pasados que se sienten tan presentes como la realidad cotidiana.

En la novela Mary llega después de varios años a la ciudad que no quería volver, sin embargo en ese no querer hay una ambigüedad que resulta tan sospechosa como mi querer olvidar. Ella vuelve y el tránsito de la avenida Paseo Colón se parece mucho al flujo de un río cuando el semáforo verde libera a los coches. El hombre del carro no se molesta siquiera en darse la vuelta para ver el tránsito que de alguna manera lo amenaza, sin embargo su perro está alerta. Vuelvo al libro pero estoy distraído, miro la pantalla del celular para ver si hay algún mensaje y comienzo a guardar las cosas. Echo una última mirada al hombre del carro cuando voy saliendo, pareciera estar aguardando que algo ocurra. Sin embargo el tránsito fluye con cierta normalidad por la avenida, hasta el próximo semáforo, en rojo, del otro lado.

En un tiempo viví del otro lado,
de esa persona,
de aquella espera.

martes, 12 de abril de 2016

PREGUNTAS PARA ANA MARÍA, anticipo de la nueva novela de Daniel Fuster


Tengo la edad que Ana María tenía cuando estuve en la guerra. Tengo una hija que tiene la edad que yo tenía cuando estuve en la guerra. Es inevitable trazar paralelismos.
Tengo preguntas.
Ana María es una mujer vieja y tullida, un día cuando llegué a su casa la vi muerta, y si bien ahora anda mejor, ambos sabemos que la muerte es parte de su vida. De nuestras vidas.
Como se vive sabiendo que en cualquier momento te vas a morir.
Como se sonríe.
Como se puede leer un libro y hacer palabras cruzadas. Leer el diario.
Como se puede saborear la comida y levantarse de la cama.
Como fue la espera durante la guerra Ana María.
Como fue la despedida que no me acuerdo.
Como fue el regreso que tampoco me acuerdo.
Tengo preguntas Ana María.

Jamás nos sentamos a conversar de aquel tiempo en el que estuve en el Sur como soldado y la Argentina estaba en guerra con Inglaterra. Tantos días de ausencia, de incertidumbres, de incomunicación. Vos no preguntabas. Yo no te contaba.
Tengo preguntas que hacerte Ana María.

jueves, 31 de marzo de 2016

UNA IDEA ESQUIVA 2


Estudio para Sol de la mañana - 1952 - Edward Hooper

La idea comenzó a tomar forma aquel día lunes. Era feriado de carnaval que se extendía al martes inclusive. Hacía calor y entre las plantas del patio las chicharras ululaban. Elaboraban un sonido que le dominaba los pensamientos y a la vez una dulce modorra le pesaba en los párpados y se los cerraba. Desde la calle llegó el voceo familiar del megáfono, un hombre en una camioneta vieja compraba cosas en desuso por el barrio. El ruido de botellas chocando y la radio del vecino acallaron por un momento el frenesí de los insectos. Se equivocaba, aunque aún no lo sabía, erraba al sentirse tranquilo y cómodo, aletargado. Había estirado las piernas cuan largas eran y casi traspasaba la silla al otro lado de la mesa en la que se había ubicado para escribir y para leer. Ahora agarra la birome y escribe la fecha, siempre escribe la data antes de empezar, las chicharras reaparecen con inusitada intensidad, sale el sol y además, escucha que lo llaman. Todo ocurre en forma simultánea y es too much para que esa idea, la que iba cobrando forma pero que aún estaba en gestación se diluyera en no sabía exactamente qué, pero se daba perfecta cuenta que la idea se le había extraviado. Se molestó aunque no demasiado, estaba acostumbrado a que las ideas se fueran, volaran antes que llegara a verificarlas y escribirlas, se puso de pie y dejó para más tarde ordenar las cosas que estaban sobre la mesa. Claudia decía que partía siempre de una imagen, algo distinto y potente, antes de esa imagen ni siquiera intentaba sentarse a escribir.

Ella parecía a gusto mostrando las lechosas nalgas, miraba hacia la ventana mientras él veía como los lunares le recorrían la espalda. Pensó que estaba dentro de un sueño. Se pellizcó y nada ocurrió. Quizás también eso podía ocurrir en el sueño. 

jueves, 10 de marzo de 2016

L´AMICA GENIALE - Reseña

LA AMIGA ESTUPENDA, Elena Ferrante
Pengüin Random House, 388 páginas
novela



Tengo que reconocer que cuando leí la publicación que daba cuenta de este libro, ni el título: “La amiga estupenda”, ni el diseño de la portada me gustaron. Tampoco me había gustado ese halo a best-seller que se desprendía de la cantidad de ventas. Sin embargo de la nota, surgía el misterio creado alrededor del autor, desconocido, se dudaba que fuera una mujer, y solo daba entrevistas a través de un intercambio escrito con los editores. Sentí curiosidad.

“Vivíamos en un mundo en el que, con frecuencia, niños y adultos sufrían heridas que sangraban, luego venía la supuración y a veces se morían. Una de las hijas de la señora Assunta, la verdulera, se hirió con un clavo y murió de tétanos. El hijo menor de la señora Spagnuolo se murió de crup”.

UNA SORPRESA ESTUPENDA, así calificaría yo a esta novela (primera de la tetralogía Dos Amigas) que narra la relación entre dos chicas que van creciendo juntas en un barrio de gente humilde en la ciudad de Nápoles. Cronológicamente ubicada en los años de la posguerra, Lenú y Lila cuentan alrededor de 7 años. No conocen la ciudad más allá de las calles del barrio, nunca han ido al mar. En un ambiente social en el que el dinero no alcanza, donde vivir conlleva un esfuerzo, donde no parece haber futuro, y la hostilidad de la vida es manifiesta, una relación entrañable tiene su origen. ¿Estudiar?

“Lila apareció en mi vida en primer curso de primaria y enseguida me impresionó porque era muy mala. Todas éramos un poco malas en clase, aunque solo cuando la maestra Oliviero no nos veía. Pero ella era mala siempre.” 

A lo largo de la novela los hijos como los padres crean vínculos, afectos y rencores, lo único válido es trabajar, qué puede significar en ese mundo la lectura de un libro, pero para la hija del zapatero (Lila) y la hija del conserje (Lenú), los libros, el latín y el griego, el italiano y no los dialectos, las cartas y las conversaciones, trazarán un vínculo de amistad, donde una de ellas, Lenú (la voz narrativa) envidiará en Lila, esa forma de ser.

“En una de esas ocasiones levanté la vista un momento y vi a una muchacha alta, delgada, elegante, con un hermosísimo dos piezas rojo. Era Lila. Acostumbrada a atraer las miradas de los hombres, se movía como si en aquel lugar atestado no hubiese nadie. No me vio y yo dudé si debía llamarla.” Cuenta Lenú cuando ya han pasado varios años, y son adolescentes de 15 años.

Lila está siempre un paso delante de Lenú, en las lecturas, en los aprendizajes, en las relaciones humanas. Lenú por momentos la rechazará y se sentirá rechazada, y sin embargo el vínculo entre ellas no se romperá. Vivirán hechos duros y crueles, y habrá otros algo felices. Crecerán y a medida que esto ocurra, descubrirán cada una a su manera, lo que significa ser mujer, en una época y lugar donde los hombres tienen la autoridad que les da únicamente el haber nacido hombres, y los desafiarán con valentía.

“Yo creo que los libros, una vez que ya fueron escritos, no tienen ninguna necesidad de los autores. Si tienen algo para decir, los lectores lo encontrarán tarde o temprano y sino, no”. Elena Ferrante. 
Basta con haber leído esta novela para estar de acuerdo.

imagen del libro en su edición en Italia
origen supuesto de Elena Ferrante



martes, 1 de marzo de 2016

VERONICAS DE PAPEL ARRUGADO


No sé porqué el dorso de un papel, que resultó ser el de una figurita de esas que coleccionan los chicos me hizo acordar de ella. Quizás haya sido en donde estaba el papel, o en como estaba cuando lo encontré. Lo cierto es que un momento después de aquel suceso, comencé a extrañarla. Al principio fue como si de un descubrimiento se tratara, y luego del primer momento extrañarla fue una acción sin pausas, algo inevitable como el agua de todos los días. Llegué a la cocina comedor de la casa con la inercia del pensamiento anterior, pero no pude darme cuenta ni recordar lo que me había llevado allí. Lo primero que advertí fue que el ruido de la casa seguía su normalidad y ese hecho vigorizó de alguna manera su ausencia. Volver a su pieza, encontrar el acolchado violeta prolijamente colocado, le encantaban las cosas en tonos lilas, la ausencia del destello de la lámpara sobre la mesita, muerto su brillo, todo aquello me produjo una nostalgia que no recordaba haber experimentado. Y ahí estábamos, el parquet color marrón claro, este recuerdo y yo, todos nosotros como esperando ser transitados.

Fue casi un susurro, algo que no pude impedir, mis labios dijeron: “te extraño”, y acaso ellos confesaron por primera vez lo que presentí cuando se marchó, cuando fue estirando las visitas y sus ausencias tomaron la consistencia de días y semanas concretos. Sentí el efecto que una lágrima por asomar produce cuando se reprime. Con temor me pregunté si ella extrañaría. No supe responder, aunque en realidad no quise responderme. Imaginarla en su nueva vida fuera de mi vida, lejos, madurando entre risas y algunos llantos. La independencia te hace más fuerte. La independencia también te hace más solo.

Cuando volví a la cocina un silencio masivo se hizo evidente, miré hacia la ventana pero el cielo ya no estaba ahí donde lo había dejado, sacudones oscuros lo reemplazaban. Cuánto podría haber pasado desde que con aquel papel arrugado yo había ido y vuelto de su pieza. Estábamos en verano, así que abrí la puerta que daba al patio. Busqué la compañía de los perros de la casa, el verlos y hablarles con frases de niño, saludarlos, esas nimiedades siempre me habían tranquilizado y me hacían pensar con claridad. Pero ni Ciro ni Nero estaban ahí donde siempre se echaban, molestando repatingados a todo lo largo del umbral, estorbando mansos el paso y mirándome con esos ojos previsibles y tolerantes que solo tienen los perros. No estaban ahí aguardando mis palabras y tampoco para que yo manipulara su obediencia a mi antojo. Accioné el interruptor de la luz con la cobardía que da el miedo posterior a la angustia, buscaba encender los faroles del patio. Buscaba entender.

El día apareció ahí después de ese clic de la llave de luz, la mañana brutal  rugiendo y el cielo tan celeste que dolía observarlo. El sol soberbio parecía burlarse de mi angustia reciente. Vi a mi alrededor caras de preocupación. Pero ellos no miraban mis ojos, sino que lo hacían al papel que yo aún sostenía y aferraba con mi mano derecha, bajé la vista buscando yo también comprender esas caras de pánico que ninguno intentaba disimular. Al hacerlo, el dolor emergió raudo desde los nudillos casi blancos por el esfuerzo. Las venas de mi brazo parecían estallar y recorrían sin estrategia aparente al mismo. Pero lo que sentía alrededor de las cervicales era la acumulación de muchos papeles arrugados y apretados por manos de nudillos casi blancos. Algo, el resabio de la nostalgia pasada en la visita a la pieza, persistía.
¿Qué?!, dije en voz alta, y lo más fuerte que pude. Quería y necesitaba que de alguna forma todos volviéramos a la normalidad de nuestras rutinas. Pero no, nadie, ninguno de los que me habían estado mirando, hizo algo para que el ruido retornara a su cadencia interrumpida.

Desde aquel día desde la cocina voy por las piezas y llego de regreso a la anterior olvidado de lo que a ella me ha llevado. Cada tanto, no siempre, logro que el clic del interruptor me devuelva un otoño. Esas veces me alegro estúpidamente, y contento, salgo al patio y recorro las plantas y los frutales, los podo y los riego, disfruto del color de malvones y de geranios, recojo alguna orquídea que ha muerto, que los calores violentos han de haberla secado. También se escucha ladrar a los perros del barrio, sus ladridos llegan envueltos de trinos y bocinas lejanas de algún coche.

Cada día que pasa descubro otro papel arrugado, que se hace otra pieza de acolchado lila o violeta, cada día otro papel recorre un pasillo y me encuentra en la cocina siendo observado cuando intento encender la luz del patio. Pienso en su ausencia, en si me extrañará, y cuando la sensación es tan fuerte que me duelen los huesos corro. Corro como un loco lo más rápido que puedo a encender el cielo, pero he descubierto con terror que aunque accione una y otra vez el interruptor de la luz, ya no ocurre nada. Me han cortado la luz, eso creo. El lunes tendré que hacer el reclamo correspondiente a la compañía de energía, hoy es domingo. En días como hoy, y que además son domingos siempre ocurren estas cosas, se corta la luz y no hay servicios de emergencias que la puedan devolver cuando se la necesita.


viernes, 19 de febrero de 2016

VACACIONES DE INVIERNO


Llega el viernes y papá se va a trabajar. Mamá nos llama para ir al colegio y hoy sí tenemos ganas de ir, y no tiene que insistir para que nos levantemos. Por dos semanas no voy a ver a mis amigas y compañeros del colegio. Mamá nos mira cuando tomamos la leche, y no anda caminando por los pasillos de la casa juntando cosas como los demás días. Pareciera que mamá también está por comenzar las vacaciones de invierno. Vamos al colegio y la mañana pasa muy lentamente. No prestamos atención en clase, no hay forma y los profesores conversan con nosotros de cualquier cosa, no hacemos tareas y tampoco nos toman lección. Salimos del colegio un poco antes y nos despedimos a los gritos, las madres agitan los brazos en alto para que cada uno ubique a la suya y mientras lo hacen sonríen y abren mucho la boca. Cuando llegamos a casa vemos los bolsos que cada uno tiene que llevar, mamá los ha dejado en cada pieza. La ropa seleccionada está prolijamente colocada sobre la cama de cada uno. Tiramos las mochilas del colegio por cualquier lado pero mamá hoy no nos reta. El perro ladra afuera contra la medianera de la vecina porque seguramente María del Carmen anda con sus plantas y mamá calienta la comida que vamos a almorzar. Papá llega mientras hacemos los bolsos, y mi hermana mayor se queja porque mamá no le ha lavado la ropa que usó el sábado a la noche y dice que no tiene qué ponerse. Tomás anda por el pasillo arrastrando el oso que duerme con él y preguntando dónde lo guarda porque quiere llevarlo. A mí la ropa no me entra en el bolso, y papá le dice a mamá que tiene que quedarse unos días, mientras ella le dice a Tomás que deje ese oso en su pieza que no hay lugar para llevarlo. Papá cuenta porqué no puede venir, y Tomás llora, el llanto es tranquilo pero cuando se da cuenta que ni papá ni mamá le prestan atención, comienza a gritar mientras simula que llora y mamá me dice que lleve a Tomás a su pieza. Papá pone la mesa para almorzar, pero mamá no almuerza y mientras comemos papá es el único que habla. Almorzamos entre los llantos de Tomás, las preguntas de papá y las protestas de mi hermana mayor. Mamá no habla, nos mira a nosotros pero me doy cuenta que también evita mirar a papá. Cuando terminamos de almorzar papá se vuelve a trabajar y Tomás que todavía está lloroso ya no grita, mientras levanto la mesa, mamá lo alza y le habla cariñosamente, es como si finalmente luego de haber estado callada necesitara decir algo y se aferra entonces a los caprichos de Tomás para hacerlo. Ordenamos todo rápido y así nomás, llevamos los bolsos al coche, nos peleamos con mi hermana mayor por ir adelante, y Tomás está contento porque su oso viene con él. La última en subir al auto es mamá que nos habla despacio y tranquila y nos dice que en tres horas estamos en la costa. Cuando salimos el día está lindo y anda poca gente por el barrio. Mientras cargamos nafta en la YPF de la autopista, mi hermana mayor trae unas golosinas que ha comprado luego de ir al baño con la plata que mamá le dio. Nos peleamos con Tomás por los bubbaloo y después nos quedamos dormidos.

El aire que entra por la ventanilla de mamá nos despierta y me doy cuenta de que ya estamos a pocas cuadras de la casa. El día está fresco pero muy soleado y mi hermana mayor dice que Sofi y Mary llegan hoy, si pueden salir a bailar. Mamá no le contesta y Tomás que no pudo quitarse el cinto, intenta agarrar su oso que está en el fondo del coche pero no llega y llorisquea. Mamá estaciona en la vereda de enfrente, y por unos instantes nadie hace nada, todos miramos hacia la entrada de la casa. El pasto está crecido, la verja de calle está abierta y un par de bolsas revolotean animadas por los remolinos que hace el viento. Cuando bajo la ventanilla el olor del aire salado me alegra. Bajamos alborotando la siesta del pueblo, no pasan coches y tampoco se ve a nadie caminando. La señora que vive con los perros al lado de nuestra casa se asoma al porche de la suya y agita su mano para saludarnos pero mamá que está intentando quitarle el cinto a Tomás no la ve, y yo la saludo por ella. El frío húmedo del interior del chalet nada tiene que ver con el día lleno de luz que hay en la calle y nos quita un poco el entusiasmo. Estamos cansados del viaje. Mamá entra con los bolsos más grandes y va hacia la caja donde hay que accionar una llave para que las luces puedan prenderse. Hace eso y luego se acerca a las persianas del living que dan a la calle, quita las trabas y las levanta. Vemos las motitas del polvo flotar cuando la luz invade el living y mamá abre las ventanas. El aire suave y apenas cálido de afuera lucha con el aire frío y estanco de la casa y nosotros que estamos esperando de pie que mamá nos diga algo, tiritamos. Ella pregunta si nos parece que mejor, antes que desarmar los bolsos nos vamos a caminar por la costanera y no hace falta que digamos que sí porque nuestras caras sonríen y las cabezas asienten, entonces salimos otra vez, mamá cierra la puerta, y  vamos hacia la esquina de la derecha que es donde comienza la peatonal que llega al mar. Todavía no hay mucha gente, es viernes, y aún es temprano, mamá dice que tuvimos un viaje lindo y yo pienso cuándo va a llamar a papá para decirle que llegamos bien. Mi hermana mayor parece tener el mismo pensamiento y se lo dice, pero mamá nos muestra una vidriera con ropa cuando vemos que Tomás se ha parado en la entrada de una heladería y está mirando a algunos chicos que toman helado. Me olvido de la pregunta de mi hermana porque la vidriera es muy llamativa, mi hermana ha entrado y detrás de ella entra mamá con Tomás a upa, y aún me quedo afuera viéndolas, mi hermana mueve un poco algunas perchas, le interesan las soleras, esas que solo tienen breteles finitos, dice que las que no lo tienen, que llevan un elástico y que se ciñen al pecho son para gente grande, viejas dice ella. Una chica apenas un poco más grande que mi hermana se les acerca, no las oigo desde la vereda pero me doy cuenta de que les pregunta sobre qué están buscando porque la chica asintiendo se aleja al fondo del local y regresa luego de un momento con dos o tres prendas que mi hermana y mamá miran con atención. Tomás se ha alejado un poco de mi madre y entra y sale de un montón de vestidos que cuelgan. La señora que está en la caja lo observa muy atenta, todo lo que mi familia hace se nota porque no hay otros clientes en el negocio. Entro. Mi hermana se ha metido en uno de los probadores del fondo, mamá está buscando a Tomás con la mirada cuando me ve entrar y me pregunta dónde estaba pero no espera que le responda, y cuando encuentra a Tomás lo alza y le da como siempre un beso en la mejilla y él se queda quieto, y se acomoda al espacio que mamá le hace entre los brazos, mi hermana sale sonriente, se ha puesto una solera color salmón, lisa y que parece tener un brillo parecido a los globos perlados, mamá sonríe también y le pregunta a la chica cuánto cuesta, la chica se aleja por unos momentos hacia el mostrador y se pone a hojear una carpeta. Desde allá le dice a mamá el precio y ella cuando se acerca luego de dejar a Tomás en el piso que parece contento de recupera la libertad, le pregunta si puede pagar con tarjeta de crédito. No, dice la chica, por el momento están canceladas agrega, y entonces mamá le dice gracias, luego se acerca a mi hermana mayor y le susurra al oído que en otro momento pasarán, pero ambas sabemos que no vamos a volver. 

Estamos llegando a la costanera, no hablamos, Tomás trota de un lado a otro y cada corrida es acompañada de las advertencias de mamá para que no se aleje y que tenga cuidado. Ahora hay más gente y ya no nos resulta sencillo caminar todos juntos. Para cruzar la avenida costanera mamá alza otra vez a Tomás que patalea un poco y hace fuerza arqueando su espalda para atrás queriendo zafarse. La vereda de la rambla es amplia, el aire nos revuelve las melenas, y aunque no hay gente caminando por la playa, nos quitamos las zapatillas y bajamos las escaleras, mamá ayuda a Tomás que no puede quitarse el doble nudo de las suyas y se ha puesto a refunfuñar sentado en el piso. Cuando piso la arena siento alegría, está fresca y aunque hay mucho sol todavía no hace calor. Los granos de arena invaden todos los espacios entre los dedos de mis pies, Tomás se ha adelantado unos cuántos metros pero mamá no le dice nada, mi hermana mayor sigue con la misma actitud distante, pensando en aquella solera, segura que no se la va a comprar, mamá que ya está acostumbrada le habla de cualquier cosa. En uno de esos lugares para comer hamburguesas que están en la playa, en la parte que la marea cuando sube no llega, se ve a dos hombres trabajando, cavan pozos, unos palos largos y redondos están acomodados cerca y prolijamente como si recién hubieran llegado. Cuando pasamos cerca uno de ellos deja de hacer lo que está haciendo y mira a mi hermana, los otros algo le dicen y ríen entre ellos pero no entiendo por qué, ni qué  dijeron, mamá se ha distanciado de mi hermana para ir a buscarlo a Tomás, y mi hermana se ha distanciado de mí como si no quisiera caminar a mi lado o las risas de los hombres la hubiesen hecho apurar el paso. Llegamos al mar, Tomás se ha mojado el jogging hasta las rodillas y mamá se ha agachado para arremangarle las botamangas mientras lo reta un poco pero sin convicción. La veo sonreír por primera vez desde que almorzamos en casa antes de salir. Me acerco al agua con frío en el cuerpo, acá la temperatura es diferente a la que sentíamos caminando por la peatonal y bastante más baja que la que hacía en casa a la mañana antes de salir. El viento incluso sopla más fuerte y ha comenzado a nublarse, Tomás es el único que no parece sentir el cambio de temperatura y corre feliz soltando grititos cuando el agua que sube lo toca, la esquiva huyendo de ella hacia la arena seca y cuando la ola se retira la persigue. Mamá y mi hermana se han echado en la arena y lo ven correr, yo juego con mi pie izquierdo en el agua, poniéndolo y sacándolo pero como me estoy aburriendo me dan ganas de correrlo a Tomás un poco, lo hago y mi hermano chilla de alegría, un hombre grande que está muy bronceado para la época pasa a nuestro lado cuando estoy persiguiendo a Tomás y me sonríe. Volvemos caminando adonde están mamá con mi hermana mayor, tenemos los pelos alborotados, las mejillas coloradas y los pies fríos, Tomás le dice a mamá que tiene sed y por un momento creo que ella no va a hacer nada con eso, sin embargo, se sacude la arena de las manos, le dice algo a Tomás y lo atrae hacia ella. Tomás se deja hacer y se tranquiliza cuando se ubica en el nuevo hueco que mamá le ha hecho y yo me quedo de pie sola y con los pies fríos mirándolos. Mi hermana tiene la vista hacia el mar, los ojos celestes muy bonitos y también melancólicos, sé que está pensando en el chico que le gusta porque siempre que lo hace pone la misma cara. Mamá habla por el celular con papá y Tomás le tironea el pantalón y a la vez que lo hace salta y le dice cosas para que le preste atención, se nota que está cansado, yo también estoy cansada y tengo ganas que volvamos al chalet, desarmemos los bolsos y comamos algo, entre una y otra cosa me doy cuenta que tengo hambre y se lo digo a mamá cuando corta, pero es como si ella no entendiera lo que le digo, entonces vuelvo a hablarle y ahora sí me contesta que vamos mientras alza a Tomás y le dice algo a mi hermana mayor que también se pone de pie. 

Regresamos por otra calle y no hablamos, el único que hace preguntas es Tomás y se nota que mamá está cansada porque ya ni le contesta aunque a él no le importa. Entramos a la casa y sentimos la humedad y el frío de una casa que no ha estado abierta por meses, mamá enciende la luz y suspira cuando agarra la valija más grande,  mi hermana agarra su bolso y yo el mío, Tomás se tira de panza en el sofá del living y veo que mamá lo mira con ternura y tristeza y no lo reta porque haya puesto las zapatillas encima. Yo dejo mi bolso y voy al baño, cuando tiro del depósito del inodoro, sale agua algo amarillenta que parece ensuciarlo todo y lo mismo me ocurre cuando abro la canilla del lavatorio, no hay agua caliente porque no hemos prendido el termotanque, y después de unos momentos el agua ya sale limpia y se lleva los restos amarronados de óxido, y entonces me lavo la cara y como no hay toallas en el baño salgo al pasillo y algunas gotas chorrean y mojan la alfombra, me dirijo a la cocina y veo antes de hablarle a mamá que está distraída mirando por la ventana que da al patio, no digo nada y me quedo de pie mirándola desde el umbral de la puerta mientras escucho el sonido de la televisión que mi hermana mayor ha encendido para que Tomás se entretenga y nos deje poner en marcha algunas cosas de la casa. Cuando mamá se da la vuelta y me ve intenta quitarse algunas lágrimas que tiene en los ojos, pero sabe que ya la he visto, así que me pregunta que necesito y antes que le diga nada me pide que vaya a la despensa que está enfrente a comprar leche, algo de pan y un paquete de chocolinas, me da el dinero y cuando lo hace toco a propósito su mano que está fría pero suave, ella me mira e intenta sonreírme pero no puede y para evitarle un mal momento, salgo corriendo a comprar lo que me ha pedido gritándole a mi hermana que cierre la puerta con llave cuando salgo. Cruzo la verja de calle y camino despacio, la avenida tiene ahora mucho tránsito, así que me voy hasta la esquina y espero que el semáforo corte para cruzar, en la despensa no reconozco a quienes atienden, y ellos tampoco me reconocen a mí, es gente nueva y son más jóvenes que los dueños anteriores, no tienen leche en sachet así que me dan en cartón y descremada, sé que a mamá no le va a parecer mal aunque ella prefiere que tomemos leche entera. El dinero que me dio mamá no me alcanza, pero cuando les digo que estoy enfrente el hombre me sonríe y me dice que mañana le pague lo que falta. Mi hermana me abre la puerta y me dice que mamá está bañando a Tomás que ponga una cacerola de agua a hervir que comemos tallarines, odio que mi hermana mayor me de órdenes y estoy a punto de decirle que por qué no la pone ella cuando escucho a mamá cantándole a Tomás la canción que le gusta, así que me olvido y voy a la cocina a prender el fuego. Guardo la leche en la heladera y cuando mamá ve el cartón me dice que no hace falta si no está abierta dejarla ahí, pero que no importa que es igual, no nota que es descremada y echa un puñado de tallarines en la cacerola que ya tiene el agua caliente, yo voy a mi pieza y me tiro en la cama con un libro a esperar que se haga la hora de cenar, no pienso poner la mesa, que lo haga mi hermana que se lo pasa enviándose mensajes con el chico que le gusta y con sus amigas desde que salimos de Buenos Aires, afuera ya se hizo de noche así que cierro la ventana de mi pieza y escucho que abajo alguien también está cerrando las otras persianas. Mamá nos llama a cenar y mientras le sirve a Tomás los tallarines nos dice que ella y papá van a separarse, que no nos preocupemos porque a nosotros no nos va a pasar nada, que ellos decidieron que es lo mejor para todos, que hace tiempo que han dejado de quererse, Tomás agarra los tallarines con la mano y ensucia todo lo que tiene a su alrededor, y mamá no se da cuenta porque se ha quedado mirándonos a nosotras, mi hermana mayor y yo no decimos nada, yo quiero decir algo pero no me salen las palabras, me asoman unas lágrimas que mamá nota y le hacen arquear las cejas de una forma que no recuerdo haberle visto, mi hermana mayor se pone de pie y casi tira la silla cuando lo hace, agarra su celular y se va de la mesa sin decir nada, Tomás grita y a mamá que todavía no ha soltado la olla con los fideos se la ve muy seria y pálida.


Algunas veces pienso en cosas raras, como ahora que estamos volviendo y vamos por la ruta, y veo el campo, a las vacas y también los alambrados como una línea continua y sinuosa que sube y que baja, a veces se ensancha y otras se angosta y también cambia de colores, miro a mamá, aunque en realidad miro la nuca de mamá, y en el espejo retrovisor puedo ver su cara, pero solo veo los lentes para el sol que lleva puestos y que ocupan casi todo el espacio del espejo, encima de ellos una arruga gruesa y algo más oscura que parece hecha con un lápiz corta la piel que va de una ceja a la otra, ella mira hacia el horizonte que monótono surge adelante, y es permanentemente atravesado por las líneas pintadas en el asfalto, hay sol, bajo un poco la ventanilla para sentir el viento, y cuando lo hago se me revuelve un poco el pelo y el sonido interior del coche se altera, por unos instantes hasta que la vuelvo a cerrar quedamos mirándonos con mamá aunque ella sí pueda verme y yo solo puede ver los lentes y, siento que mamá está más vieja, no es algo que me pongo a pensar sino que lo vivo como si se estuviera muriendo, es que todos acá dentro del auto también nos vamos a morir alguna vez, incluso Tomás que está dormido y tiene los cachetes muy rojos y calientes, lo sé porque al verlo recostado así contra uno de los bordes de la sillita en la que va sentado, no puedo evitar acercar mi mano y tocarlo, mi hermana mayor tiene los auriculares puestos y la música que está escuchando está tan fuerte que puedo oírla, mamá le dice que la baje, que se va a quedar sorda, pero ella no hace nada, o bien no puede oír a mamá, o bien no quiere oír a mamá, o ya se murió, como yo, como las vacas en los campos que estamos atravesando, como papá en Buenos Aires.


martes, 26 de enero de 2016

UN CUENTO MODERNO


En un cuento moderno cae la tarde, las sábanas riegan el piso, y nuestra ropa se encuentra amontonada en el único sillón de la habitación. Una luz roja ha quedado sin apagar sobre la puerta, y acabamos de hacer el amor.

En un cuento moderno todo surgirá rápido y sin dudas en los mensajes que intercambiamos, y ambos sabemos que no podremos dar cuenta de este encuentro a nuestras familias.

En un cuento moderno  tenemos la edad que supera este tipo de aventuras y nos reiremos generosamente de lo que dicen y piensan al respecto los amigos. 

En un cuento moderno llegaremos hasta acá sin pensarlo mucho y con el deseo en el cuerpo, sin embargo después de haberlo hecho, creeremos que quizás así sea el amor, y que tal vez estemos después de todo enamorados.

En un cuento moderno me dormiré sin darme cuenta, y vos lo intentarás, pero permanecerás despierta y nostálgica a mi lado. Me despertaré y te besaré, dirás que no han pasado más de cinco o de diez minutos, y nos iremos a duchar, primero yo, y luego vos.

En un cuento moderno te contaré como anda mi trabajo, me hablarás de algún lugar nuevo en el que fuiste a bailar el tango. Charlaremos de nuestros hijos con precaución y evitando ir más allá de otras filiaciones, rodeándolas con el lenguaje, callándolas con los besos.

En un cuento moderno la chica de la caja nos escuchará reírnos y nos verá felices, iremos hasta el auto abrazados, y volveremos a extraviarnos en calles reconocidas, manejarás relajada y distraída y los coches tocarán una bocina que no escucharemos. 

En un cuento moderno el presente será hermoso y el futuro no existirá, y el beso que nos daremos al despedirnos será un tajo en algún lugar de nuestros cuerpos, y lo que pudo ser y no fue será mucho más real que en un cuento moderno.

Ilustración: "Love Vibrations" de Leonid Afremov 

lunes, 18 de enero de 2016

LE DIGO A MAMA QUE QUIERO QUE HOY NOS SAQUEMOS UNA FOTO



Le digo a mamá que quiero que hoy nos saquemos una foto, que la veo mejor, pienso que hace dos semanas, era año nuevo, apenas podía mover las piernas, mamá me mira y su mirada es tranquila y opaca, sus ojos han perdido el brillo, luego sonríe pero no dice que sí, tampoco dice que no, al rato llega la número 1, son las 8:35 de la mañana, según mamá llega tarde, es domingo y mi hermana se va a misa, nosotros seguimos tomando mate, saludo a la número 1 e intercambiamos algunas frases corteses, mamá me pregunta por mi trabajo, por mis hijos, yo le pregunto que novedades tiene, vuelve a mirarme desde la opacidad de sus ojos marrones, empieza a hablar de la número 2 y después de la número 3, son los números los que ocupan las horas y los días de mamá, pero lo hace en voz baja porque la número 1 anda cerca, hace un gesto con cierto disimulo y levanta las cejas, cuando se da cuenta que entendí vuelve a sonreír con cierta complicidad, la veo pasar a la número 1 que va de la pieza de mamá al baño y vuelve, parecería que está merodeando nuestra conversación y como mamá está de espaldas al pasillo no puede verla, evito decirle que sus temores de ser escuchada son reales, cuando la número 1 desaparece de mi alcance visual pienso que quizás en esos momentos esté buscando algún billete olvidado por mi hermana, o esté abriendo algún cajón de la cómoda en la pieza de mamá, hurgando debajo de la ropa que mamá no usa desde hace tiempo, desde ese día de octubre en el que ocurrió aquello y tuvo que dejar de usarla, ahora mamá solo usa camisones, tiene un camisón rosa, uno celeste y otro blanco que es el que tiene puesto mientras esperamos que la número 1 aparezca en cualquier momento en la cocina donde estamos tomando mate, me sobresalto cuando la veo de pie en el umbral de la puerta, mamá me mira y se queda quieta, demasiado quieta, tanto que me recuerda a un lagarto al sol, ni siquiera continúa con lo que me estaba contando, la número 1 pasa detrás de mí y sale al patio, pienso que está haciendo su pequeño show de trabajo delante de mí porque sabe que soy quién paga las horas que trabaja, mi hermana vuelve de misa, mamá va al baño con la número 1 y yo me voy a la calle, cuando vuelvo las encuentro a mi hermana, a mamá y a la número 1 conversando, hablan las cosas que pueden hablar tres personas que tienen cierta intimidad que no es precisamente lo que hablan las amigas, la número 1 me mira, se pone de pie y se va, y hay cierto alivio en mamá, almorzamos y después duermo una siesta de dos horas, me despierto, mi hermana duerme, mamá lee, me dice que ha vuelto a leer, que primero se fue el agua de las piernas, luego se fue el agua de su abdomen, al final el agua se fue de los pulmones, mamá no camina, la kinesióloga especialista en masaje para drenaje linfático dice que tiene miedo a caminar, que lo intente, yo le digo a mamá que la ignore, también tengo miedo que mamá vuelva a caminar, que se vuelva a quebrar, ver a mamá sentada en la cama no es un espectáculo bonito, su cuerpo de por sí menudo parece desaparecer entre los pliegues del camisón de turno, los brazos y las piernas de mamá están delgados y arrugados, no hay indicios de que alguna vez tuvieron músculos, se destacan dos rodillas enormes y los pómulos puntiagudos de su cara, el pelo largo y pajizo y ya muy blanco está acomodado en un rodete que le hace la cara de un pájaro, eso es, mirándola de costado parece un pájaro que espera, acomodo a mamá en la silla de ruedas, le digo que pienso en comprarle unas chinelas mejores, le muestro las Olympikus que llevo puestas, dice que sí, que puede ser, cuando llegamos a la cocina se escucha el timbre, es la número 2, sé que mamá no tolera a esta chica, dice que es una jovencita charlatana que no para de hablar, mamá y la número 2 van al living, la número 2 le habla con cierto entusiasmo, no escucho que mamá diga nada, cuando me sirvo un café pienso que mamá me está dejando de lado por la número 1 y ahora por la número 2, mañana además voy a conocer a la número 3 y a Vanina, la que le hace los masajes linfáticos, creo que mejor me voy esta noche o mañana temprano, no encajo en esta casa en la que mamá se lo pasa quejándose de las número 1, 2 y 3 pero anda de acá para allá con ellas, quizás se queja para que yo no me sienta tan mal, pero no tolero ese tipo de hipocresías, cuando ella habla de las número callo, ahora que se fue la número 2 me dice que la chica le produce fastidio, y yo sonrío por ese mimo que mamá me hace, decido quedarme otro día, todavía tenemos que sacarnos esa foto.

jueves, 31 de diciembre de 2015

CONSEJERA ESPIRITUAL VIDENTE



Consejera espiritual vidente dice el aviso que el tipo me dio ayer en la esquina de Chiclana y O´Higgins. Lo guardo, no suelo tirar estos papeluchos a la calle, prefiero llegar a casa, leerlos, ver que provecho puedo sacar. Pienso que anoche dormí bien mientras escucho el ronquido de mamá. Amanece en el patio. El agua del mate se ha enfriado. El pedazo de queso que estoy masticando está muy salado. “Señora Lucía Cruz, lectura de Tarot y Caracoles”, caracoles, eso sí que es nuevo. Mi hermana se levanta y pregunta si le di la pastilla, le digo que no. Dice que anoche pidió menos, si estoy seguro que no se la di. Vuelvo a decirle que no pero ya no estoy tan convencido. Sorbo el mate lavado para enjuagarme la boca del regusto a queso. “No te resignes al fracaso, visitame hoy, con tu fé y mis conocimientos te guiaré por el camino del éxito”, eso dice Lucía Cruz en el papelucho, estoy tentado de llamarla. A mi hermana y a mí nos vendría bien un poco de buena leche. El cielo de la ventana está para llover y no hay viento. En la cocina, sobre la mesada quedan los rastros de la noche. Un vaso de agua por la mitad, fósforos, una jarra y pastillas de colores, también los guantes de látex en un bollo al lado del pan. Son las seis de la mañana y mamá llama desde la pieza.
“No te resignes al fracaso, visitame hoy”.

viernes, 18 de diciembre de 2015

CHARLOTTE

CHARLOTTE SALOMON
Pintora, nació en Berlín en 1917 y murió en Auschwitz en 1943.

La imagen que ilustra la tapa del libro que noveló David Fuenkinos (Charlotte, Alfaguara, 2015) me conmueve, es Charlotte a una edad incierta que puede estar alrededor de la veintena de años. En la pintura, una estela de corazones surge de su mente. Ella está de rodillas y sentada sobre sus piernas, se la ve sumergida en un estado intenso de introspección. A pesar del colorido del conjunto, una triste nostalgia invade al observador. La pintura de Charlotte Salomon  es colorida, y su trazo, además de ciertos rasgos en la fisonomía de las personas que ilustra, me hacen recordar a Van Gogh.
Suelo ingresar a determinados libros con precaución, quizás advertido por una reseña o el comentario de un amigo. Ya en la librería recorro las mesas evitando la ayuda de los vendedores, voy descubriendo los títulos y tapas que llaman mi atención. Siempre reflexiono sobre la importancia de un título o una buena tapa. Agarro el libro y lo sopeso, es lo primero que hago, a continuación leo la contratapa, cuidando de evitar los comentarios siempre elogiosos de críticos, autores reconocidos y periodistas. Si lo leído sostiene la expectativa de origen, lo abro, paso las hojas, testeo la calidad de la edición y leo como empieza.

Es curioso como una vida de escasos 26 años, cuya existencia se desarrolla en los bordes de la muerte y es acechada por la historia de suicidios familiares, logre arrancar esas paletas de colores. Charlotte pinta este cuadro, y parece decirnos que el amor es una actitud interna, una apuesta obligada. Una honda nostalgia surge de su obra. El amor es posible, a pesar incluso de la muerte, de su muerte, de su propia muerte. Es ese amor el que la sostendrá y la ayudará a pintar una obra especialmente diferente, y es la pintura la que la alejará del horror que invade a Europa. En 1942 Charlotte le entrega a un doctor amigo un cartapacio con la obra, le dirá: “Es toda mi vida”. Poco tiempo después, los alemanes la capturarán en el sur de Francia y será llevada a un campo de exterminio.

Conmovido por la lectura de la novela de Fuenkinos,
valgan estas líneas homenaje, 
a su lucha por la vida misma.

viernes, 4 de diciembre de 2015

LA VIDA MISMA



Vera nació prematura y estuvo algo más de un mes en la clínica. Quique está contento, pero se lo ve cansado. Es que todo empezó mucho antes, cuando la mamá de Vera tuvo una pérdida, y fue al médico y  éste le dijo que tenía que guardar reposo.
Hoy miércoles el viaje en tren está imposible, vamos hacinados y haciendo fuerza con las piernas y los brazos, las manos me duelen de tanto apretar el caño del que estoy amarrado. Cuando el tren se detiene en Castelar aprovecho  la mínima descompresión de la masa humana y doy un paso buscando el pasillo del vagón.

Veo a Quique cuando sale del baño: “¿Estuviste de viaje por algún lado?”, le pregunto. Es que Quique se dedica con entusiasmo adolescente al turismo. Al él le gusta viajar, pero hacerlo con poca plata, y con mucho tiempo. Hostel o casa de familia, nada de hotelería, menos all inclusive. “Ojalá”, me dijo. “Estuve en casa porque Flor tiene que hacer reposo”. Fue en ese momento que me enteré que esperaban un hijo.
Un viejo me está clavando el codo en el medio de la espalda y me empuja encima de una chica. Podría dejarme caer sobre ella y así aflojar la presión del viejo, pero no quiero que piense mal, por eso entre Castelar y Morón forcejeo y me sostengo como puedo. En Morón baja gente, pero suben muchos más. Prevenido y atento al flujo y reflujo, aprovecho el impulso y me muevo alejándome otro poco más de la puerta, del codo, y de la chica.

Quique me cuenta por lo que han pasado. Ella apenas se levanta lo necesario. Cada dos días vamos al médico agrega.
El tren sale de Morón, pasamos por Haedo y cuando estamos por llegar a Ramos una mujer se pone de pie. Lleva un bebé en brazos. Veo el bulto pero no veo nada del bebé. Los que estamos en el entorno nos damos cuenta lo difícil que le va a resultar a la mujer bajar. Ella queda por un momento de pie, esperando, no mira a nadie, tampoco pide. La mujer solo está ahí quieta y uniforme con el bulto encima de los brazos, sin embargo, no parece hacer falta que haga nada. Los que estamos a su alrededor comenzamos a hacer lugar para que pueda pasar.

Cuando una de las pérdidas fue preocupante la internaron y Vera nació por cesárea. Visitan a Vera todos los días, llegan temprano, a las siete ya están en la clínica detrás del acrílico que les muestra un sinnúmero de cunitas transparentes. Me cuenta que identifican a la beba porque es la más chiquita entre las chiquitas. 
Todos tenemos que empujar y resistir el empuje de los demás, y eso hacemos, para que la mujer pueda bajar del tren en Ramos Mejía. Cuando la mujer con el bebé en brazos avanza y llega adonde me encuentro, se detiene, pero no me mira, espera una vez más. Veo que no tiene espacio suficiente para poder pasar, al menos, no hay un espacio cómodo y seguro para que ella pase sosteniendo al bebé.

Está débil dice el médico de Vera, y no hay todavía un diagnóstico que permita saber como evolucionará su peso y si podrán llevarla a casa pronto. Quique se va a trabajar y ella se queda ahí con la beba, sale a la hora del almuerzo, camina un poco por una plaza cercana y vuelve a la clínica a mirarla desde el pasillo como duerme y como la atienden.
Tengo que empujar para que la mujer pase, pero antes aviso: “Voy a empujar porque hay una mamá con un bebé que baja”, eso digo y luego, con toda mi humanidad presiono y abro el paso. La mamá avanza hacia la salida. El tipo que está detrás de mí y que ha soportado mi empuje se da vuelta y me golpea en la espalda.

Cuando Quique vuelve del trabajo se van juntos para la casa. Vera queda del otro lado del acrílico. Pienso lo duro que debe ser. Las ojeras desde las que Quique me mira me dan pena.

Me doy la vuelta y veo a un hombre que me mira con furia. Tiene los auriculares del celular puestos y está dispuesto a discutir o pelear. Nos miramos con el gordo que está al lado mío. Estamos tan cerca unos de otros que casi podemos olernos. “Dejá flaco, ni siquiera te escuchó”, me dice el gordo. Vuelvo a lo mío. Veo a la mamá con el bebé caminando por el andén. Vera va a casa mañana. Pienso en auriculares, también en acrílicos. Parecen objetos que explican ciertas cosas. La vida misma.

martes, 24 de noviembre de 2015

VIDA EXTERIOR


El chico estaba detrás de un árbol, aunque cuando habían hablado de aquello Lara decía que no había árboles, apenas unos yuyos sin cortar, que hacía mucho tiempo que nadie pasaba por ahí. Sin embargo el cuerpo del chico estaba tibio cuando él sin pensarlo le había tocado la cara. Es que parecía dormir, incluso recuerda que lo llamó, “¡Eh, EH!”, había insistido un par de veces hasta que Lara le tironeó la camisa.

Lara todavía dormía. El silencio que producía la ausencia de personas era acogedor, en la pileta de la cocina goteaba la canilla, y un sonido grueso, turbio y opaco llegaba a través de la ventana desde la calle. El encanto del momento desapareció cuando el ascensor arrancó ruidosamente. Extendió los dedos de su mano izquierda, cerró el puño y volvió a estirarlos. Amanecer en el departamento de Lara le hacía bien, se sentía relajado como si recién hubieran terminado de hacer el amor.

Ella le hizo un gesto, un movimiento de la cabeza indicándole una mancha oscura, casi negra y aún húmeda a un lado del chico y debajo de sus piernas desnudas. La sangre era roja y quizás más roja que cualquier otra sangre. Sería acaso el contraste con su piel, eso era lo que Lara decía.

Afuera, en alguno de los departamentos, el viento cerró con violencia una puerta. Comenzó a llover, los golpecitos de las gotas ensuciaban los vidrios dejándoles una pequeña fiesta húmeda. Luego vibró todo el edificio, el trueno debía de haber caído muy cerca. Se puso de pie y abrió la ventana. El calor del verano remitía y en su lugar el viento fresco y húmedo conquistaba su cuerpo.

Pensó en aquella tierra, el sol del ocaso, la ferocidad de los animales. Y la sangre del chico que fluía mansa y sin tropiezos.

martes, 3 de noviembre de 2015

VIDA INTERIOR


Decidió que si el sonido volvía ahora, sería un pájaro carpintero. No era común verlos, sin embargo el domingo que festejaron el aniversario habían visto uno encaramado a una gruesa rama del eucalipto. Era un pájaro hermoso y extraño. Cayó en la cuenta que de chico le gustaba ver a “Loquillo” el Pájaro Loco, y tuvo que admitir que alguna locura o si se quería alguna desviación del comportamiento natural de las aves había en esa tozuda actividad de picotear con vehemencia los troncos.
Pero el martilleo no volvió. Quiso creer que aquel ruido cadencioso que sintió sobre el techo también podría haber sido una rama del fresno movida por el viento. El árbol había crecido demasiado y él, habían discutido con su mujer, dijo que ya no lo podaría y si las raíces levantaban la vereda pues la harían de nuevo. Pero no había viento ni antes ni ahora que podría haber producido aquel movimiento de ramas.
No quería darle cabida en su pensamiento a la tercera y última opción. Un tipo. Un ladrón. Un intruso. Esperó. El perro a su lado estaba tranquilo. Y si salía al patio con el perro, y si dejaba que el animal recorriera el patio mientras él, de pie en el umbral, aguardaría el andar del perro. Conocía el lenguaje del perro, al menos, se dijo, estos animales eran honestos y transparentes. Auténticos. Viéndolo correr las palomas y los gorriones, o saltando tontamente hacia los bichitos que gozaban del sol, capaz que descubría alguna extrañeza, y quizás soltara un gruñido.
Pensó que a esa hora de la mañana, apenas eran las siete, nadie podía estar arreglando un techo. En un domingo, en aquel barrio de clase media, era posible, pero aun así era todavía muy temprano.
El ruido seguía sin volver, y suspiró con cierto alivio. El perro anduvo por todo el patio disfrutando su libertad, jugó con su “palo”, no se le notó sobresalto alguno, y corrió a las palomas que picoteaban aquí y allá. Todo estaba hermosamente feliz y luminoso y los pájaros de los árboles  trinaban a rabiar. Entró en la casa.
Cuando ocurrió lo que ocurrió, los pájaros seguían gorjeando. El perro iba hacia él, y él, de pie otra vez en la puerta, estaba demorado  en el umbral, esa frontera entre el exterior y el interior. Lo vio venir con su andar ladeado, pero grácil y atlético. El perro parecía contento de ir hacia él.
Cuando el animal estuvo a unos pocos metros, y él se preparaba para entrar definitivamente, ya un pie, el izquierdo dentro de la casa, el ruido del techo volvió sin que el perro pareciera darse cuenta de aquello, porque siguió andando hacia él con su tranco torcido y se introdujo alegre y torpe en la cocina, sin que él pudiera impedirlo. Cerró la puerta, que casi fue un portazo, y se quedó ahí de pie, esperando, una vez más.
Miraba al perro, y el perro lo miraba a él como siempre hacía. La cola del perro se balanceaba a los lados del peludo cuerpo, acostumbrada a ese diálogo silencioso, donde algunas veces él le hablaba, mientras el animal, las orejas erguidas y tensas, ladeaba la cabeza, como intentando escucharlo mejor, y la cola siempre en movimiento.
Buscó en el perro encontrar una respuesta al ruido que seguía escuchando en su cabeza, afuera, en el techo, el pájaro, una rama, o un ladrón. Sin embargo, el perro, nada manifestó. Tenía esa cara de estúpida fidelidad hacia él, el hombre que lo alimentaba y ocasionalmente lo llevaba a dar una vuelta por el barrio para que cagara y meara fuera de la casa.
Molesto y asustado, mandó al perro al patio a que hiciera su trabajo de guardián. El ovejero salió manso y obediente, y pareció no comprender porqué lo hacían salir tan temprano. Lo vio desde la ventana quedarse parado en el medio del patio, como una persona que desorientada, no recuerda que la llevó hasta ahí. El animal fue hacia la izquierda, meó en el pino y continuó hasta la medianera. En ese lugar lo perdió de vista. La ventana estrecha, le impedía seguir el andar de la bestia. Dentro de la casa descubrió que un dolor de cabeza pugnaba por conquistarlo, cuando el taconeo surgió desde el patio. Ya no pudo deducir si era en la vereda, o era en el techo.
La puntada fue potenciándose en la pelambre de la nuca hasta formar un núcleo sólido e incómodo que, al mover el cuello hacia ambos lados pareció quebrarse emitiendo un chasquido. No vio al animal cuando miró por la ventana, no lo escuchó ladrar y tampoco gruñir. El perro podría haberse echado en alguno de sus sitios favoritos para dormir. Los trinos volvieron como un ruido inesperado. El motor del bombeador de agua dejó de funcionar en el mismo momento, y su pensamiento flotó huérfano e ingrávido, en una zona remota de la mente. Cuando se sentó, tenía un cansancio infinito. El frío de la mañana afuera.El dolor en la espalda adentro. Estaba sediento pero sin ánimo suficiente para levantarse a buscar un vaso de agua.

Afuera el cielo que le mostraba la ventana iba limpiándose de nubes y, los pájaros dejaron de cantar. La cara de un hombre encuadrada por la luz del día, se asomó por la misma ventana que le traía el cielo. El intruso intentaba ver la posible vida interior de la casa, pero el reflejo del sol se lo impedía. Estúpidamente se sintió a salvo y sonrió. Mientras veía como la puerta se abría, volvió a sentir el martilleo en su cabeza.